Cuando hablamos de la conveniencia de desarrollar modelos de organización basados en la gestión participativa, cada cual se remite a su propio mapa mental que no está hecho más que de experiencias propias y de expectativas más o menos cumplidas. Pero por lo general se aprecia cierto escepticismo: tanto de las personas que han de ceder control como de las personas que han de adoptar un papel activo -nuevo- en esa gestión que ahora se postula a ser participativa.
Desconfianza sobre el por qué ahora de compartir un ámbito hasta el momento reservado a unos pocos -utilizo el masculino intencionadamente-. Desconfianza sobre las capacidades reales de las personas para participar de la gestión. Miedo a perder poder. Miedo a hacerse responsable... sensaciones compartidas pero muchas veces sin la empatía que habría de sentirse con alguien que siente como tú.
La principal dificultad que aprecio para abordar una gestión participativa real y basada en la confianza mutua es la polaridad de las posiciones de partida. Siempre hay un otro, muy muy opuesto, al que se le presuponen intenciones ambiguas, al que se le presuponen maldades varias. En la empresa privada, se contraponen la propiedad y las personas trabajadoras, o el empresariado y la parte sindical. En el ámbito de lo público, también se percibe la escisión entre la administración y la ciudadanía, entre las instituciones y las personas usuarias de sus servicios.
Es fundamental encontrar espacios para el encuentro y para el conocimiento de las expectativas y necesidades de la otra parte, con la intención de acercar realidades y encontrar caminos y metas comunes. Siempre las hay. O es muy difícil que no las haya.
Hace unos días he podido ayudar al Ayuntamiento de Portugalete en la búsqueda de este espacio común que tiene que ir construyéndose poco a poco pero sin pausa. La encomienda que me hicieron, y que agradezco no solo por la confianza mostrada sino por su compromiso para con el proceso, fue la dinamización de un espacio de reflexión que tenía por objetivo recoger aportaciones de la ciudadanía sobre la estructura del espacio participativo futuro y sobre las vías de relación y de proximidad que podrían ser de utilidad. También quisimos saber cómo se veía cada persona en ese dar y recibir que tiene que haber en todo proceso de participación, se dé en un lugar o en otro.
Animo a empresas y organizaciones a replicar el método que diseñamos: no por contar con un gran número de personas hay que descartar procesos participativos para el diseño de una gestión participativa futura. Es posible generar conocimiento compartido y ordenado aunque enfrente tengamos a una masa. En el caso que comento, pudimos reunir a casi 100 personas y recoger la friolera de casi 400 aportaciones.
Ahora toca procesar las sugerencias, los inconformismos, las aportaciones más entusiastas y las más frías... Pero eso vendrá despúes. Para empezar, se ha conseguido trabajar de una manera eficiente con un grupo amplio de personas no siempre fácil de gestionar por su diversidad.
Jugamos con una metáfora muy visual -hacer un traje a medida, "el traje de la participación"- y diseñamos tiempos de reflexión grupales que tenían por objetivo definir aportaciones individuales. Lo que podría parecer una sesión dura de trabajo de tres horas de duración al final de un día laborable se convirtió en un espacio ameno y sereno y con un especial espíritu de trabajo.
Los maniquíes acabaron vestidos, como digo, por unas 400 aportaciones que ahora tendrán que ser valoradas. Es la siguiente fase.
El diseño de un modelo participativo tiene que serlo desde el principio, y en ésas anda el Ayuntamiento de Portugalete. Un reto bonito para mí el haber podido aportar mis saberes en la construcción y dinamización de un encuentro ambicioso como éste. Muchas gracias a quienes lo habéis hecho posible.









