28 de abril de 2011

La invención cotidiana: inventar para vivir

Ayer Ana María Matute nos dejó para siempre una expresión que nos llega especialmente a quienes nos dedicamos de vez en cuando a la escritura y a quienes vivimos, también, de la ingesta masiva de invenciones literarias ajenas. “El que no inventa no vive”.

“La Matute”, como ella misma se llama, desarrolla un mundo mágico, de fantasía, al que yo no siempre me siento muy cercana. Soy muy terrenal, demasiado, a veces, y sólo consigo imaginarme Mordor porque lo veo en una película.

Sin embargo, no hay que irse a las grandes figuras de la literatura para encontrarnos invenciones. Hay una invención cotidiana constante de la que no solemos ser conscientes a pesar de que es el pan nuestro de cada día… y de cada momento. O, ¿acaso no creemos a menudo que mi realidad es la realidad?

Casualmente, mientras Ana María Matute sufría con su discurso yo trasteaba en Internet buscando sesgos cognitivos, prejuicios, que nos afectan en la percepción que tenemos de otras personas. Mi tarea era la siguiente: hacer una guía de sesgos o subjetividades que afecten o puedan afectar a la evaluación del rendimiento que se realiza en una de mis empresas cliente. Evaluaciones del rendimiento que tienen impacto económico y en la promoción dentro de la organización.

Y ahí me vi, recordando teoría vista en la universidad sobre el efecto halo, la proyección, el prejuicio de clase o grupo, el error de atribución, la disonancia cognitiva… Que no son más que trampas que nos hacemos a nosotr=s mism=s para interpretar la realidad de un modo cómodo pero engañoso, porque no siempre lo que creemos percibir es lo que hay. Y hace falta querer, saber y poder ser conscientes de los sesgos que nos mueven a valorar a una persona del modo en el que lo hacemos.

Y me atrevo a decir más: los procesos de valoración del desempeño que hay en numerosas organizaciones no aportan espacios para esta reflexión. Fechas tope a las que se llega al límite, muchas personas a veces a las que evaluar, software frío donde ir añadiendo las valoraciones, escalas de 1 a 5 también frías, muy frías, otra tarea más que hacer por parte de las personas responsables de equipos que se suma a otro sinfín de tareas en apariencia más relevantes… mera burocracia, muchas veces.

No, no siempre las evaluaciones del desempeño o las evaluaciones de competencias sirven realmente para un fin digno. A veces, suponen un abalorio más de la Gestión de Personas; está de moda, y hay que hacerlo.

¿Cuántas empresas añaden al propio diseño de la evaluación de competencias una formación adecuada en aquellos sesgos o prejuicios inconscientes que afectan a la valoración que se hace y, antes que nada, que afecta a las propias relaciones entre las personas de un equipo o una organización?

Cuando lo que se mide no son cosas objetivas –unidades producidas, clientes atendidos…- sino que son competencias difíciles de medir –iniciativa, trabajo en equipo, liderazgo, calidad en la relación…- es necesario hacer un esfuerzo previo por quitar las gafas que deforman la realidad.

Y como me estoy poniendo muy seria y ese no es el plan, dejo algunas situaciones que pueden resultaros cercanas y que no son más que un ejemplo de que hay filtros, muchos filtros, que impactan en la valoración que hacemos de las personas que nos rodean. Filtros que ignoramos porque los tenemos inconscientes o automatizados pero que nos están llevando a una invención cotidiana de aquello que nos rodea. Filtros que nos hacen creer que esto que ves es lo que hay.

Ahí van algunos ejemplos reales…
  • Yo saqué adelante mi trabajo y a mis dos hijas sin cogerme reducción de jornada. Ella ahora quiere venderme la moto de que está involucrada con el negocio; si realmente fuera así, no hubiera pedido reducir su jornada.
  • Es muy extrovertido, majo en el trato. Creo que se merece el variable de este año. ¿Efecto halo?
  • Estudiamos juntos en el Colegio, yo compartí clase con su hermano. Nos parecemos bastante. ¿Prejuicio de etiquetación?
  • Mi equipo ha trabajado mucho este año y nos merecemos un reconocimiento. ¿Sesgo de autoservicio?
  • Ha venido varios días tarde. Ya dije yo que no me fiaba de él… ¿Sesgo de confirmación?
  • Nadie se desmarcó en la reunión. Pensamos todos igual. ¿Efecto falso consenso?
  • Él es así y nunca cambiará. ¿Sesgo actor-observador?
  • Yo no soy así, pero en esta empresa no te queda otro remedio que tragar. ¿Sesgo actor-observador?
  • Le conozco muy bien. Él sí que no me conoce a mí. ¿Ilusión de entendimiento asimétrico?
Habría tantos ejemplos de sesgos en las percepciones… Hay tanta cabezonería suelta por dar por conocido un mundo que no conocemos…

Quien no inventa no vive. Inventamos a diario ergo vivimos.

20 de abril de 2011

La pedicura mental

Más de un mes alejada del blog. Y no será por no tener cosas que contar... Lo que falta es tiempo, y no sólo tiempo para escribir sino tiempo también para ordenar ideas y disfrutar con ellas. Cronos y Kairós, me ha faltado de todo un poco.

Quienes surfean, hablan de la sensación que supone coger olas. Quienes conducimos, hablamos de la sensación que produce transitar por una larga avenida cogiendo semáforo tras semáforo todos en verde; vamos, como si hubieras cogido una ola.

En el otro extremo de la experiencia, está la gran mole de agua que te pilla y te arrastra y que trae tras de sí nuevas olas. Tal vez más pequeñas, menos intensas, pero que con su vaivén no te dejan tantear el fondo para ver si ya lo tocas con los pies. Semáforos en ámbar, en rojo, en casi verde pero frenas porque ya ha cambiado a rojo... el peatón que duda en pasar y que te hace dudar a ti... la furgoneta de reparto que para justo ahora en doble fila, justo ahora tenía que ser... Es incómodo conducir así, tienes ganas de acabar.

Y en esas he estado en marzo y en abril. Buscando semáforos verdes en el mar y olas en la avenida. Queriendo rozar el suelo y teniendo la ilusión de haberlo conseguido.

Las olas no han tenido por qué ser malas en este tiempo. Me han traído pececillos de colores y eso siempre anima. Sin embargo, siento que no he podido disfrutar de ellos todo lo que hubiera querido.

Ahora que estoy en la orilla -sí, durante unas horas los semáforos se han sincronizado- miro al mar. Y veo que vienen más... más olas y de muchos tamaños... y, ¿sabéis? Que les tengo ganas. Ya me he puesto el neopreno y el cinturón de seguridad. Y esta vez llevo también las gafas para poder ver mejor debajo del agua.

El otro día supe de una técnica de pedicura que consiste en dejar que unos pececillos se coman las células muertas de tus pies. Deben hacer un poco de cosquillas pero dicen que son efectivos.

Así que creo que voy a prepararme para tirarme al mar de nuevo. Dispuesta a no sólo ver los peces de colores sino también dispuesta a que jueguen conmigo, a que me renueven comiéndose lo que ya no sirva y a que me acerquen a la orilla cuando me venga la sensación de estar perdida.

Hay semáforos bajo el mar, y estarán en verde.


(Foto de Aol Latino)
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